¿De dónde surgen las mejores decisiones?

¿De dónde surgen las mejores decisiones?

La humanidad ha pasado por muchas etapas que han modificado el curso de la historia, la invención de la maquina a vapor, por ejemplo, y su importancia en la Revolución Industrial, desató una trasformación tan grande en la estructura de la sociedad del momento que fue capaz de romper la alta tradición agrícola y artesanal que protagonizaba la época, para darle paso a altas demandas de producción.

 

Las empresas y fábricas se convirtieron en el eje y el motor de la sociedad, fueron estas las responsables del traslado de las personas del campo a las grandes ciudades y de las alianzas con colegios y universidades para educar a la población según las necesidades de la industria.

 

El planeta entero se conectaba gracias a los productos y mercados que surgieron masivamente en la época, se generó una expansión económica sin precedentes, primero en Inglaterra y posteriormente en el resto del mundo. A partir de ese momento, la educación se enfocó en el aprendizaje de procesos lineales, las decisiones las tomaban las personas con poder, mientras que la sociedad, se limitaba a hacer lo que les dijeran sin cuestionar, es decir, tenían un marco de adaptación claro que debían perfeccionar con el tiempo, las decisiones ya estaban tomadas.

 

Como lo afirman en el libro Las 5 elecciones: el camino hacia una productividad extraordinaria,  a principios del siglo xx, mientras el mundo se industrializaba, los grandes avances tuvieron que ver con la automatización de la mano de obra, el rendimiento de las personas se basaba en la capacidad de producir la mayor cantidad de bienes en el menor tiempo posible; tareas pequeñas y repetibles que cualquiera podía aprender y hacer con facilidad.

 

Con el auge de la industria, la importancia radicaba en la elaboración de productos a gran escala; los procesos estaban establecidos y las funciones delegadas, por lo tanto, aunque la toma de decisiones siempre ha sido importante en la historia de la humanidad, el verdadero valor se le otorgaba a la capacidad que tenían las personas de producir más que de pensar.

 

Con el pasar del tiempo, la sociedad se fue dando cuenta que tienen más valor personas autónomas, capaces de resolver problemas y tomar decisiones para el bien común. El periodista Andrés Openheimer en su libro ¡Crear o morir!, afirma que hemos pasado del trabajo manual (que también se sigue presentando y es importante) al trabajo mental, los tiempos han cambiado, “estamos en la era del conocimiento, en la que los países que desarrollan productos con alto valor agregado serán cada vez más ricos. Según el Banco Mundial, hoy en día la agricultura representa 3% del producto bruto mundial, la industria 27%, y los servicios 70 por ciento. Cada vez más, estamos yendo de una economía global basada en el trabajo manual a una sustentada en el trabajo mental”.

 

Gracias a las nuevas necesidades que afronta el mundo y la sociedad, los procesos de creación e innovación logran destacarse entre los procesos productivos basados en lo automático y repetitivo. De ahí que el interés por la inteligencia pase de algo meramente cognitivo a un análisis que abarca al ser humano como un complejo conjunto de emociones y sentimientos. “La forma de crear valor ha pasado del trabajo manual al trabajo mental creativo”.

 

La humanidad está viviendo una época de cambio que obliga a establecer nuevos paradigmas, la fórmula lineal con la que se hacían las cosas anteriormente ya no es suficiente, el mundo es cada vez más dinámico y el conocimiento evoluciona de forma acelerada. Pero entonces, ¿cuál es la fórmula que funciona para afrontar el mundo y sobrevivir a esta época de cambio?, ¿cómo las personas pueden prepararse para enfrentar lo desconocido y tomar buenas decisiones?

 

Las personas que toman las mejores decisiones, capaces de liderar equipos y que se destacan en los grupos sociales, poseen tres habilidades de algo que hemos denominado la Triada.

 

El primer componente de esta Triada es el pensamiento sistémico, tiene que ver con el hecho de que cada ser humano hace parte de un todo, de un sistema que tiene un objetivo común. No estamos solos en el mundo y por lo tanto cada acción o medida que tomemos afecta negativa o positivamente al sistema al que pertenecemos. El pensamiento sistémico entonces, se entiende como la capacidad de comprender las relaciones entre los diversos componentes de un sistema.

 

Vivimos, nos desarrollamos y habitamos en sistemas, nuestro cuerpo, por ejemplo, es un complejo sistema donde cada órgano cumple con una función determinada, si alguno falla, la armonía del sistema se altera. Las empresas son sistemas donde es necesario que cada integrante aporte desde su rol de forma eficiente, solo así el sistema fluye y funciona correctamente. Estamos rodeados de sistemas en los que cada pieza hace parte fundamental del engranaje que vela por el cumplimiento de un objetivo, solo cuando todas desempeñan sus funciones, el sistema logra ser eficaz.

 

Pensar sistémicamente implica entender las relaciones que existen entre todas las partes, comprender las dinámicas en comparación con una visión de futuro, ver totalidades en vez de cosas y situaciones por separado, es ir más allá que una observación de causa efecto, “bajar la cabeza y simplemente hacer más cosas más rápido, no crea productividad extraordinaria en un mundo donde el valor está en detenerse, priorizar las opciones que llegan y tomar buenas decisiones en las cosas que realmente impactan en los resultados”.

 

El otro componente es la inteligencia emocional, tiene que ver con la capacidad de controlar, ejecutar y gestionar las emociones de una forma consciente. Es el conjunto de habilidades entre las que se destacan el autocontrol, la autoconciencia, motivación, empatía y habilidades sociales. La inteligencia emocional establece las bases de la personalidad que permiten afrontar situaciones de la vida con tranquilidad sin importar qué tan difíciles sean, aprender de las experiencias y controlar las emociones evitando que sean ellas las que determinen las decisiones.

  

Este tipo de inteligencia ayuda a tener entornos más llevaderos que aportan al crecimiento y aprendizaje de las personas. Actitudes como reconocer las emociones propias y cómo estas impulsan los actos, tener empatía para relacionarse, aprender a identificar lo que produce tensión y motivación para lograr un mejor desempeño, saber escuchar y respetar las decisiones de los demás, saber solucionar conflictos en vez de generarlos y buscar que las decisiones resulten beneficiosas para todos, son algunos ejemplos de lo que solo es posible si se tiene inteligencia emocional.

 

El tercer componente de la Triada es la inteligencia cognitiva. Son los procesos mentales que se dan entre la percepción de estímulos y la respuesta a estos. Cada que una persona recibe un estímulo del ambiente, este pasa por un análisis mental que está delimitado por las interpretaciones lógicas almacenadas en la memoria basadas en la experiencia para poder crear una respuesta.

 

Esta inteligencia es la que comúnmente ha sido incluida en la mayoría de los sistemas educativos, en especial aquellos de la niñez y adolescencia, donde se hace énfasis en desarrollar las capacidades de concentración, memoria, lenguaje, razonamiento, agilidad mental y coordinación. La inteligencia cognitiva es la que nos permite ver las situaciones desde la razón y la lógica permitiendo, junto con el pensamiento sistémico y la inteligencia emocional, ser más acertados en la toma de decisiones.

 

Tradicionalmente, tanto en ámbitos educativos como laborales, se ha hecho especial énfasis en fortalecer las destrezas cognitivas de las personas, dejando a un lado el valor de la inteligencia emocional y el pensamiento sistémico para el entrenamiento en toma de decisiones para el bien propio y de los demás, sin embargo, cada vez se le da más importancia al bienestar del cuerpo y la mente para formar habilidades para afrontar el mundo de forma correcta.

  

Así como se ejercita el cuerpo por medio de ejercicios, deporte y actividad física para desarrollar ciertas habilidades como la agilidad, la fuerza y la flexibilidad, estos tres componentes de la Triada también se pueden entrenar y mejorar. Existe un término llamado plasticidad cerebral y tiene que ver con la capacidad del cerebro para cambiar y adaptarse como resultado de la experiencia. El cerebro puede renovarse y aprender por medio de la reconexión de los circuitos neuronales, lo que quiere decir que tanto la inteligencia emocional, la inteligencia cognitiva y el pensamiento sistémico pueden aumentarse y desarrollarse por medio de ejercicios cotidianos y hábitos mentales.

 

Lo que diferencia a las personas son las decisiones que toman en su día a día, mantener el equilibrio entre los componentes de la Triada garantiza una actuación basada en la lógica, la razón y las emociones. Es responsabilidad de cada persona tener la claridad mental necesaria para ser coherente con sus actos y poder asumir cada decisión sin arrepentimiento ni duda porque, al final, somos las decisiones que tomamos.